Casi todo.
Sobre amar con todo lo que soy y que no alcance
Hay una palabra que no voy a decir. No porque me avergüence, ya pasé por eso, ya crucé ese desierto, sino porque nombrarla sería darle demasiado poder. Reducirme a una categoría cuando lo que quiero es hablar de algo más grande. De algo que duele más abajo, en un lugar que no tiene nombre clínico ni bandera.
Quiero hablar del amor. Del que se da y del que se espera. Del que se ofrece con las manos abiertas y del que se devuelve con condiciones.
Yo sé amar. Lo sé con una certeza que a veces me asusta, porque es de las pocas cosas de las que nunca he dudado. Sé construir intimidad con palabras, con silencios compartidos, con esa forma de mirar a alguien y entender lo que no dice. Sé quedarme. Sé sostener. Sé elegir a alguien todos los días, no por inercia, sino por voluntad. Hay personas que buscan toda su vida lo que yo sé hacer sin pensarlo.
Pero.
Siempre hay un pero. Y el mío tiene la forma de una ausencia.
No es que me falte algo. Es que lo que tengo no coincide con lo que el mundo espera. Hay un guion escrito antes de que yo naciera, un guion que dice que el amor verdadero pasa por el cuerpo de cierta manera, que la entrega total incluye un tipo específico de rendición, que si no deseas así, no deseas de verdad. Y yo leí ese guion durante años buscando mi línea, hasta que entendí que mi personaje no aparecía en ninguna escena.
Conozco las conexiones. Las he vivido. Esas conversaciones que se estiran hasta las tres de la mañana y que al terminar te dejan con la sensación de que tocaste algo sagrado. Esa forma de admirar a alguien con todo el cuerpo, no por lo que el cuerpo quiere, sino por lo que la mente reconoce. Esa hambre de cercanía que no tiene nada que ver con la piel y todo que ver con el alma, si es que el alma existe, y a veces, cuando alguien me mira como si me entendiera de verdad, creo que sí.
He encontrado personas que se sienten como regresar a casa.
Personas con las que el mundo tiene sentido de una manera que no puedo explicar sin sonar ridícula, pero lo intento, porque eso también es una forma de valentía. Personas con las que la conversación no es un intercambio de información, sino una especie de respiración compartida. Tú dices algo, yo entiendo lo que no dijiste, y entre las dos versiones nace una tercera que no existía antes. Personas que me hacen pensar que tal vez el universo sí tiene un diseño, que tal vez sí hay alguien pensado para cada quien, que tal vez la soledad no es el final de mi historia.
Y entonces llega el momento en que me enamoro. Porque sí me enamoro. Quiero que eso quede claro, porque hay gente que asume que no, que lo mío es frialdad, distancia, un corazón que funciona a medias. Me enamoro con una intensidad que a veces me marea. Me enamoro de las ideas de alguien, de la forma en que mueve las manos cuando explica algo que le importa, del tono exacto que usa su voz cuando dice mi nombre, de cómo su risa me desarma cada vez como si fuera la primera. Me enamoro de todo. De casi todo.
Y ese casi es el abismo.
Lo peor no es que no me vean. Lo peor es que sí me ven.
Porque he estado frente a quienes me han llegado a conocer, que me han admirado, incluso amado, que, cuando hablan de mí, dicen las cosas que una quisiera escuchar toda la vida. Quienes reconocen lo que soy, valoran lo que doy, entienden la profundidad de lo que ofrezco y puedo dar. Quienes me miran con esa mezcla de ternura y admiración que te hace pensar que aquí es, con esta persona, en este momento, por fin. Y aun así, aun viéndome, aun conociéndome, aun amando, aun sabiendo exactamente quién soy, deciden que no es suficiente. Que yo no soy suficiente. No por lo que soy, sino por lo que no soy. No por lo que doy, sino por lo que no puedo dar.
¿Sabes lo que se siente cuando alguien enumere tus virtudes como quien lee un epitafio? Que te diga todo lo que eres: inteligente, interesante, profunda, leal, y que al final de la lista haya un pero tan grande que borre todo lo que vino antes. Un pero que no es sobre tu carácter, ni sobre tus defectos, ni sobre las cosas que podrías cambiar si te esforzaras. Un pero cosido a tu piel, que es parte de tu estructura, que no puedes negociar sin mentir, sin romperte, sin convertirte en alguien que no eres, para merecer un amor que debería aceptarte como eres.
Y no los culpo. No puedo culparlos. Entiendo con una claridad brutal por qué se van, por qué deciden que no, por qué lo que al principio parecía un detalle menor se convierte con el tiempo en la razón por la que no te eligen. Sé que hay necesidades, impulsos y querencias que yo no puedo satisfacer, y no me enojo por ello, o al menos ya no. Ya aprendí que el resentimiento es solo tristeza con disfraz.
Pero hay algo que se quiebra cuando te rechazan por algo que no elegiste. Algo distinto al rechazo común. Porque cuando alguien te deja porque pelearon mucho, o porque crecieron en direcciones diferentes, o porque simplemente dejaron de quererse, hay al menos la posibilidad de pensar que con otra persona será distinto. Hay futuro en eso. Hay esperanza en la siguiente puerta.
Pero cuando te rechazan por algo que llevas dentro como un órgano, algo que no se opera, no se negocia, no se terapia, cada puerta se parece a la anterior.
Lo que no he aprendido todavía es a no sentirme rota.
Porque una cosa es entender con la cabeza que no eres menos por ser distinta, y otra cosa es creerlo a las dos de la mañana, cuando el silencio tiene textura y piensas en todas las personas que te quisieron hasta que encontraron tu límite. Hasta que midieron lo que dabas contra lo que faltaba, y la resta no les alcanzó. Hasta que hablaron bien de ti, genuinamente bien, con cariño real, y después dijeron pero no somos compatibles, como si la compatibilidad fuera una ecuación donde todo lo que eres puede reducirse a una variable que no cuadra.
Y entonces piensas en la soledad. No en la soledad poética de quien dice que está bien sola porque todavía no ha sentido el peso real de esa frase. Pienso en la otra soledad. La que tiene forma de futuro. La que aparece cuando piensas en diez, veinte, treinta años adelante y te preguntas si siempre va a ser así. Si cada persona que encuentres va a llegar con las mismas expectativas, si cada vez que abras la puerta de tu vida vas a tener que poner un asterisco junto a la bienvenida. Un pero antes de que entres, hay algo que debes saber. Un no sé si vas a poder con esto. Un quiero que te quedes, pero entendería si no puedes.
Esa soledad no es la glamurosa de Pinterest de una mujer, profesionista, capaz, independiente que cena sola con un libro y una copa de vino. Es la mujer que se pregunta si va a morir sin que nadie la conozca de verdad, porque conocerla de verdad implica aceptar algo que el mundo le enseñó a considerar como defecto. Es despertarte un domingo y que el silencio no sea paz sino presagio. Es ver a otros construir lo que tú quieres y saber que el plano de tu casa tiene una habitación que nadie quiere ocupar.
He intentado convencerme de que estoy bien sola. A veces casi lo logro. Hay días buenos, días en que la independencia se siente como libertad y no como condena. Días en que escribo, leo, pienso, y el mundo es suficiente sin que nadie lo comparta. Pero hay otros días. Días en que algo dentro de mí se contrae como un puño. No de envidia. De duelo. De saber que yo quiero eso, que merezco eso, que sé dar eso, pero que viene con una condición que, para muchos, es un trato roto antes incluso de empezar.
No es justo exigir el sacrificio ajeno. Eso lo sé.
Pero tampoco es justo, y esto me ha costado años decirlo, vivir creyendo que una no es digna de que se queden. Que el amor que ofreces, que es real, que es profundo, que a veces es más atento y más deliberado que el de quienes siguen el guion sin cuestionarlo, no vale lo mismo porque le falta un capítulo.
A veces pienso que el mundo confunde la intensidad con la completud. Que si el deseo no arde de cierta forma, se asume que no arde y ya. Y yo ardo. Pero con otro fuego. Uno que no consume, que no devora, uno que ilumina. Que calienta sin quemar. Y hay algo profundamente cruel en un mundo que solo reconoce las llamas que destruyen.
Lo más difícil es la esperanza. Porque cada vez que alguien nuevo aparece, cada vez que siento esa electricidad en la conversación, ese reconocimiento instantáneo de tú me entiendes, tú hablas mi idioma, tú ves lo que otros no ven, se enciende algo adentro que ya debería saber apagar. Una vocecita estúpida, necia, invencible, que dice tal vez esta vez sí. Tal vez esta persona se quede. Tal vez esta persona mire lo que ofrezco y decida que es suficiente. Tal vez esta vez no haya asterisco.
Y la esperanza es cruel porque tiene una razón parcial. Porque sí se quedan, al principio. Porque al principio todo es posible, y la ausencia parece pequeña comparada con todo lo que hay. Pero el tiempo hace lo que hace el tiempo. Agranda lo que falta. Y un día, sin aviso, sin pelea, sin drama, casi con dulzura, y eso es peor, ya no están. O están pero ya no de la misma forma. O están pero con un pie afuera. O están pero me miran como se mira algo que se quiere pero que no se puede tener del todo. Como se mira una una obra en un museo que admiras pero no puedes llevarte a casa.
Y yo me quedo. Porque yo siempre me quedo. Esa es la ironía amarga, que la persona que no puede dar lo que todos piden es la misma que nunca se va.
Quiero creer que existe alguien que pueda sentarse junto a mi fuego sin extrañar el incendio. Que entienda que lo que ofrezco no es la versión incompleta de algo, sino algo completo en sí mismo. Algo distinto, sí. Pero entero.
Algunos días lo creo.
Otros días abro los ojos en la mañana y lo primero que siento es el peso de un espacio vacío que debería ser cálido. Y me pregunto si pedirle al mundo un amor que no venga con condiciones que no puedo cumplir es pedir demasiado. Si estoy esperando algo que no existe. Si la valentía no es seguir buscando sino aprender a vivir sin encontrar.
Todavía no tengo la respuesta. Tal vez nunca la tenga.
Mientras tanto, escribo. Porque escribir es la única forma que conozco de amar sin condiciones, sin negociaciones, sin ese momento en que los ojos del otro te dicen que lo que eres no alcanza.
En el papel, siempre alcanzo.



Aprender a vivir con uno mismo es de las cosas de la vida más difíciles… y quererse a uno mismo, más. PERO… la vida te da sorpresas!!! Eso, ¡sorpresas!!! Y uno no tiene la menor idea de cómo, cuándo, dónde, pero lo que tiene que legar, más temprano que tarde, llegará!!! Te amo ❤️