Nos falta.
#8M | Un inventario incompleto de lo que todavía no tenemos y de por qué sigo volviendo.
Desde el 2019, procuro volver a marchar cada 8 de marzo. La primera vez lo hice nerviosa, con miedo, sin saber bien qué estaba buscando ni si tenía derecho a buscarlo. Con cada año que pasa, siento más la necesidad de volver a mí misma. Cómo visitar un panteón. Cómo caminar despacio sobre un campo minado de historias que nadie más parece querer pisar.
Y cada año, sin falta, aparecen las mismas preguntas.
¿Para qué marchan si ya tienen todos los derechos? ¿Qué les falta?
Con cada año que pasa, tengo menos paciencia para responder con calma.
Lo que me estruja el corazón no es la marcha. Es lo que la hace necesaria. Es leer una pancarta escrita a mano con marcador negro sobre cartón reciclado y saber que detrás de esas letras torcidas, apuradas, hay una historia que alguien cargó sola durante meses o años antes de decidir traerla a la calle. Hay nombres plasmados en bardas negras que alguien tuvo que imprimir o pintar para que no desaparecieran del todo, para que siguieran existiendo en algún muro del mundo aunque el Estado haya resuelto que no merecían más que un número de carpeta y un cajón. Me detengo ante esos nombres y pienso en las manos que los pusieron ahí. En lo que cuesta sostener una brocha cuando te tiembla todo.
Pienso también en el momento exacto en que alguien decidió escribir ese nombre. En el instante en que entendió que si no lo hacía, tal vez nadie más lo haría. Que si no lo gritaba en la calle, el silencio terminaría por tragárselo.
Hay algo en ese gesto, en esa terquedad de negarse al olvido, que me parece el acto más honesto que existe. El de materializar la memoria en algo, aunque no sea permanente. Dejar evidencia de que alguien vivió, sufrió, murió; y que eso debe significar algo.
Y no son solo mujeres. Son también infancias. Cuerpos pequeños cuyos nombres e historias no deberían estar en ninguna barda, que deberían estar en algún lugar haciendo ruido de otra clase, el ruido vivo, el ruido ordinario de crecer. El ruido de una mochila que se cae al piso, de unos tenis que se arrastran por el pasillo, de una risa que se escapa en medio de una clase.
Hay edades que no deberían aparecer jamás en una pancarta.
Nos faltan hermanas, madres, hijas. Nos falta poder salir a la calle sin hacer antes el cálculo: qué ruta, a qué hora, si hay suficiente luz, si es mejor ir acompañada o si eso tampoco garantiza nada. Ese cálculo que hacemos tan rápido que ya ni lo notamos, que vive instalado en algún lugar entre el instinto y la costumbre. Ese cálculo que no debería existir. Nos falta que deje de existir.
Nos falta poder caminar con los audífonos puestos sin bajar el volumen cuando alguien se acerca por detrás. Tomar un taxi o un camión sin mandar la ubicación en tiempo real antes. Confiar en la noche como un espacio neutral y no como una amenaza que hay que calcular, negociar, sobrevivir. Nos falta el derecho básico, tan básico que da vergüenza tener que nombrarlo, a no estar siempre en alerta. A existir en paz.
Nos falta que, cuando alzamos la voz, alguien nos crea antes de cuestionarnos. Nos falta justicia que no sea privilegio, que no dependa de a quién conoces ni de cuánto puedes pagar ni de si le caíste bien al ministerio público de turno, o si tu nombre se viraliza y se vuelve tendencia. Nos falta que todo esto se atienda desde la raíz, desde el tejido, desde donde se forman las ideas antes de convertirse en actos.
No desde el discurso.
No desde un púlpito de poder donde alguien dice las palabras correctas con la entonación correcta y no mueve nada.
Hay discursos. No hay acción. Y la distancia entre esas dos cosas es exactamente donde vivimos nosotras, todos los días, en el cuerpo, en la calle, en la pausa antes de hablar.
Nos falta empatía. La de verdad, no la que se publica el 8 de marzo y desaparece el 9. No la que se imprime en una campaña institucional mientras las carpetas de investigación se acumulan en escritorios donde nadie tiene prisa por abrirlas.
Nos falta que el dolor deje de ser una estadística.
Nos falta movernos sin sentir que tenemos que avisar que llegamos vivas a casa.
Marcho porque la impunidad existe y su existencia no es un accidente. Es una decisión política que alguien tomó y que alguien sostiene y que alguien hereda al siguiente y al siguiente y al siguiente. Marcho porque tengo amigas con dolores que silencian, que guardan en el cuerpo porque hablar cuesta demasiado y nadie les garantiza que vaya a valer algo. Marcho porque he visto lo que pasa cuando el sistema se acostumbra al horror.
Marcho porque no quiero ser mañana una estadística más en una carpeta que nadie con poder para hacer algo leerá a fondo. Una carpeta que alguien verá como número, como pendiente, como carga de trabajo que se pasa al turno siguiente.
Como algo que puede esperar.
Como algo que siempre puede esperar.
Eso es lo que me mueve. No el caos por el caos. La rabia con destino. Una rabia que no destruye por capricho sino que empuja, que abre grietas, que obliga a mirar lo que durante demasiado tiempo se quiso mantener fuera del encuadre.
Sigo volviendo porque creo que las cosas cambian cuando construimos en comunidad, despacio, con las manos, con los pies en la calle. Porque no sería quien soy sin las mujeres que lucharon antes de que yo fuera siquiera una idea. Hay una línea que me conecta con ellas aunque no nos hayamos conocido, aunque algunas ya no estén, aunque sus nombres estén en bardas en lugar de en libros.
Esa línea existe.
La siento cada año cuando vuelvo. La siento en los cantos que se repiten generación tras generación, en las manos que se toman entre desconocidas cuando alguien empieza a llorar, en el agua que se comparte, en el protector solar que alguien pasa a quien está al lado sin preguntarle su nombre. Hay una forma muy particular de comunidad que solo aparece en la calle. La que no se anuncia, la que simplemente ocurre.
Vamos avanzando. Con retrocesos, sí. Con el peso de lo que falta, también. Pero avanzamos. A veces un paso, a veces medio, a veces apenas la terquedad de no retroceder del todo. Y mientras falte camino, seguiré volviendo cada año a ese campo minado de historias, caminando despacio, leyendo cada cartel como si fuera la primera vez.
Porque cada cartel, de alguna forma, lo es.











